Ailúi V
¡Oh, Rosa, Rosa amada!
Extraña entre los brillos de este bosque. Tu aura es iridescente, con matices de tonos extraños que nunca antes había visto. Pareces hecha de una extraña magia. Me dan ganas de unirme a ti.
Te observo: me sentaré de piernas cruzadas a hacerlo. Dime que veo.
Ves mis formas, ves mis galas, mes mis dulces pétalos húmedos de un néctar que ansías. Un néctar del que tu vida respira. Recorrerás la vida buscando algo que hallarás en mi seno: pero será necesario que recorras todos los países para saberlo.
No.
Ailúi siempre fue un niño sabio. A partir de entonces, intentó soñar todo el tiempo que no estaba con su flor. Fue cada vez más poco, porque iba conociendo el mundo mucho más que los viajeros, y conforme lo hacía, más amaba algo que inexplicablemente crecía en la rosa. Cuando la volvía a ver, ella rebasaba de un néctar lujurioso y dulce, pero puro y limpio, cristalino. El líquido se alzaba en el aire en vapores extraños, o tejía figuras de cristal fluído alrededor de la rosa. El mundo volvía a crecer en sus formas, y ayudaba a Ailúi a soñar.
Ailúi danzaba con su mente en las maravillas de la rosa, conforme su mundo se iba perdiendo en resplandores dorados e iridiscentes. En sueños luminosos y llenos de alegría, que su rosa extendía a su alrededor. Mientras, el humor cristalino de su néctar se cerraba en campana sobre él, como una trampa liberadora, una jaula de luz. La jaula de la realidad que Ailúi estaba eligiendo para él.
¡Bebeme!
Y Ailúi bebió.
Extraña entre los brillos de este bosque. Tu aura es iridescente, con matices de tonos extraños que nunca antes había visto. Pareces hecha de una extraña magia. Me dan ganas de unirme a ti.
Te observo: me sentaré de piernas cruzadas a hacerlo. Dime que veo.
Ves mis formas, ves mis galas, mes mis dulces pétalos húmedos de un néctar que ansías. Un néctar del que tu vida respira. Recorrerás la vida buscando algo que hallarás en mi seno: pero será necesario que recorras todos los países para saberlo.
No.
Ailúi siempre fue un niño sabio. A partir de entonces, intentó soñar todo el tiempo que no estaba con su flor. Fue cada vez más poco, porque iba conociendo el mundo mucho más que los viajeros, y conforme lo hacía, más amaba algo que inexplicablemente crecía en la rosa. Cuando la volvía a ver, ella rebasaba de un néctar lujurioso y dulce, pero puro y limpio, cristalino. El líquido se alzaba en el aire en vapores extraños, o tejía figuras de cristal fluído alrededor de la rosa. El mundo volvía a crecer en sus formas, y ayudaba a Ailúi a soñar.
Ailúi danzaba con su mente en las maravillas de la rosa, conforme su mundo se iba perdiendo en resplandores dorados e iridiscentes. En sueños luminosos y llenos de alegría, que su rosa extendía a su alrededor. Mientras, el humor cristalino de su néctar se cerraba en campana sobre él, como una trampa liberadora, una jaula de luz. La jaula de la realidad que Ailúi estaba eligiendo para él.
¡Bebeme!
Y Ailúi bebió.

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