domingo, septiembre 11, 2005

Fine

Niégal cambió de mano la cabeza. Se echó los cabellos sobre los ojos. Encorvó la espalda y se levantó, salió del estar.
Había un camino ojival a la armería, con gárgolas violentas e irónicas. Corriendo sobre la piedra sacra se precipitó sobre el armario. Lo abrió con fuerza, dejando a las puertas rebotar sobre sus bisagras, y las palomas de los capiteles abandonaron sus nidos. La espada, sin funda alguna, larga y estilizada, se erguía sobre la piedra dando destellos sangrientos. Niégal la arrancó con furia en el rostro. La esgrimió entre gritos y destrozó una gárgola.
Corrió con las espada en alto, y la descargó con las dos manos sobre un puerco alado. El metal se melló, pero la roca se abrió en grietas y astillas de las vetas se clavaron en los vidrios del vitral.
Volvió al estar, y barrió de un giro con todas las copas. Desgajó los almohadones, arrancó las telas. Parecía que hubiera ocurrido una matanza de pavos que hubiera dejado todo el lugar cubierto de rojo y plumas.
Corrió hacia la mesa circular donde estaba trazado el hexagrama. Saltó sobre ella entre alaridos y enterró la espada hasta la empuñadura en el ancho libro que había en el centro. La sangre empezó a brotar del libro, a escurrirse entre las vetas de la madera. Los arcos del cielo raso empezaron a humedecerse, y lágrimas de cristal formaron estalactitas y cayeron hasta inundar la sala.

Muindóie encontró a su maestro muerto sobre un pentagrama en la mesa, su vieja espada ensartada hasta el fondo en el corazón, de piernas y brazos extendidos. Aún se escurrían hilos de sangre por el filo hasta el suelo de piedra. Arriba, en la cúpula, los ojos de Niégal fijos allí, una estatua de luz que lloraba a mares. Aélbua, la asesina.